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Arosemena Monse

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18 May

Manías

Mi madre está en su habitación rezando el rosario. Yo, en mi cama, reposo sobre las sábanas embadurnadas de sudor intentando reponer el sueño que se me escapó a la espera de alguna señal del maligno. A las tres de la mañana mi mirada se pegó con sus ocho patas en el techo. Dicen que los demonios también tienen su hora, así como Jesús tiene la suya, a las tres de la tarde, por ser el momento del día en que pereció. Pero la de ellos es con el horario invertido, su espacio no es diurno, sino a las tres de la madrugada.

Asco a las manos

Conviene lavárselas varias veces al día, pues no debemos olvidar que la mano que toca mil objetos es un vehículo de numerosas partículas de polvo, bacterias, etc. Regla general, evitad en el agua las temperaturas extremas: no debe ser ni muy caliente ni muy fría, pues las manos se agrietan con facilidad. El agua tibia, cocida ya si es posible, es excelente. El ideal sería el agua de lluvia ligeramente templada. El jabón se usa por la mañana y solamente por la mañana, pues su frecuente uso irrita pronto la piel.

Lunes 17 de Enero de 1911 - Guayaquil, Ecuador  - El Grito del Pueblo

Tengo la manía de poner bocabajo las fotos de difuntos, estampitas de santos, o cualquier imagen que me produzca escalofríos. A veces me da la impresión de que en cualquier momento se les van a poner los ojos bizcos y me van a ametrallar con una sola ojeada.

Recuerdo que hace meses mi madre me obsequió una estampa del Corazón de Jesús. Cada día antes de dormir, la guardaba en el cajón de la mesita de noche. Es un deseo apremiante que me nace en las manos. Solo al mirar esa estampita de Jesús que me dice a gritos con unas letras rojas: “Soy un mendigo de tu amor” ¡Qué sentimiento de culpabilidad! Y qué horror al verla por la mañana desperezándose boca arriba sobre la mesita, clavándome los ojos en las manos, desafiándome a voltearla una vez más.

Cuando él me miró las manos por primera vez, sentí un ardor que me escalaba por los brazos y luego se extendía por el resto del cuerpo hasta llegar a la nuca. Fue él, y nadie más que él quien me hizo caer en cuenta de que mis manos eran amorfas.

Tengo las manos agrietadas desde hace días. A decir verdad, desde ese día.

 

Y si tu mano derecha te hace pecar, córtatela y arrójala. Más te vale perder una sola parte de tu cuerpo, y no que todo él vaya al infierno.

Mateo 5:29-30

Mi madre lleva las cuentas del rosario en un denario de perlas que maneja ágilmente con los dedos. Sus manos están limpias. Las acaba de lavar con jabón. De ella heredé la rareza de lavarlas cada dos horas.

Pero no son callos lo que tengo en las manos. Se me están pelando las palmas, la piel se está descascarando capa por capa hasta llegar a la dermis. En un principio llegué a considerar la posibilidad de una soriasis pero mis sospechas se levantaron cuando el dermatólogo se detuvo a interrogarme en su consultorio. Sospechas que vinculaban la caída de la piel con ese día.

-Dígame, ¿exactamente hace cuánto tiempo se le empezaron a pelar las mano a usted?

-No sé, doctor.

-¡No, señorita, tiene que saber!

-Bueno, hace dos meses aproximadamente, ¿hoy es miércoles? Sí, hace dos meses- respondí mientras él tomaba apuntes en su bitácora.

-¿Y esas cicatrices en la muñeca?

-De la infancia, doctor.

-Pero, ¿sucedió algo ese día? Digo, ¿entró en contacto con alguna persona talvez, o alguna sustancia?

-No que yo lo recuerde.

-¿Visitó algún lugar en especial?

-No doctor, la rutina de todos los días.

-¿Pero, cuál es esa rutina?

-Bueno… me levantó temprano, acompaño a mi madre a misa de las ocho de la mañana. Luego salgo a comprar la comida, regreso a casa, preparo la comida. Mi madre y yo nos sentamos a comer. Después, no sé, salgo a trabajar. Yo trabajo a medio tiempo como contadora en una empresa de cosméticos.

-¿Cosméticos?

-Sí, pero vuelvo a casa a las seis de la tarde. Leo algún libro. Ese día estaba leyendo una biografía de Darwin, una edición muy antigua que heredé de mi abuelo. Debe de tener unos cuarenta años por lo menos.

-Polvo, ¿no?

-Si, polvo. Pero yo nunca he sido alérgica, doctor.

-Bien, por el momento siga tomando las pastillas que le receté y no olvide humectarse las manos cuatro veces al día.

-Esta bien, doctor.

-¿Segura de que no hay ningún otro detalle que se le esté escapando?

Decálogo de la Buena Hija

1.- Ama á tu madre sobre todas las mujeres.

2.- No abrigues pensamientos que no pueda conocer tu madre, no cometas actos que ella no deba ver.

3.- Declárate culpable antes que mentir hipócritamente.

4.- Sé en tu casa la que con mayor alegría desvanezca amarguras y atenúe tristezas.

5.- Piensa en ser modesta antes que bella y siempre buena.

6.- Ten convicciones sinceras, conocimientos sólidos e inagotable caridad.

7.- Trabaja en el hogar como si no tuvieras el auxilio de tu madre. Obra toda tu vida como si estuviera presente.

8.- Aprende el arte de escuchar con paciencia, habla sin encolerizarte, sufre y goza sin extremo, y tendrás mucho conseguido para ser feliz.

9.- Acostúmbrate á ver en tu casa la mejor de las residencias y en tus padres los mejores amigos.

10.- Trata y quiere a todos, hermanos, deudos y criados como á hijos. No olvides que la que no es buena amiga no será buena esposa y que la que no es buena hija no será buena madre.

Sábado 15 de Enero de 1911 - Guayaquil, Ecuador  - El Grito del Pueblo

 

Suelo detenerme frente al espejo durante horas para sacar una a una las espinillas que brotan sobre mi rostro a lo que mi mamá comenta exaltada:

-¡Eres como traumada, hija! En vez de pasar horas destrozándote la cara, deberías usar mejor tu tiempo. ¡Eres como traumada!

Durante meses deseé alejarme de todos mis traumas. Me ataba las manos detrás de la nuca y me encerraba en la bodega, vacía y a oscuras, solo con una vela para leer algún libro. Pero mis manos se desataban y volvía a mi habitación junto con mis quehaceres y manías.

Ese día fue como los otros. Me levanté a las cinco de la mañana y pasé una hora frente al espejo, deshaciéndome de esos puntos negros que estorban a la vista. Cubrí las manchas rojas de mi cara con polvo blanco y me adorné la boca con labial rojo. Me vestí con mi mejor traje para ver a Jesús que nos esperaba a mi madre y a mí en el altar.

Yo me doy golpes en el pecho para obviarle la angustia. Pero no puedo evitar vomitar cada vez que llego a casa de la misa. Nunca comulgo, pero ese día mi madre insistió: porque era el día de mi santo, porque así Dios me iba a ayudar a encontrar un buen marido, para que me subieran el sueldo… Accedí, y ese día no vomité.

Siempre la verdad

“Cuando está usted en duda diga la verdad”. Fue un experimentado y viejo diplomático el que así dijo á un principiante en la carrera. La mentira puede pasar en algunas cosas pero no en los negocios. El fraude y engaño á menudo son ventajosos mientras se ocultan; pero tarde o temprano se descubrirán, y entonces viene el fracaso y castigo. Lo mejor y lo más seguro es el decir la verdad en todo tiempo, pues de esta manera se hace uno de amigos constantes y de un reputación que siempre vale cien centavos y peso, donde quiera que uno ofrezca efectos en venta.

  Viernes 13 de Enero de 1911 - Guayaquil, Ecuador  - El Grito del Pueblo

En el camino de regreso a casa, luego del trabajo, detuve a varias personas para examinarles las manos. Muchos se negaron a mostrármelas, mientras que otros quedaron satisfechos con la excusa de que trabajaba en una compañía de cosméticos y que estábamos tratando de desarrollar un nuevo producto.

Todas esas manos, llenas de callos, uñas coloreadas por la mugre, palmas secas, sudadas, manos grotescas y delicadas; todas ellas amorfas como las mías. Menos ellas. Esas manos que se mecían esplendorosas bajos los brazos cansados de un transeúnte que caminaba solitario bajo la penumbra.

En el momento en que las vi, las bauticé con el nombre de Ada por su alusión hebrea a la belleza. Las nombré, porque su divinidad merecía ser exaltada; enaltecida. No eran un pedazo de carne. Eran Ada.

Información Local

Capturan a loca

En la mañana de ayer en las afueras de la calle de Artesano fue capturada por la policía la demente Marcela Sarmiento, quien deliraba sobre el asfalto después de que sus manos fuesen cercenadas misteriosamente. Fue remitida al manicomio previo reconocimiento médico legal.

Viernes 13 de Enero de 1911 - Guayaquil, Ecuador  - El Grito del Pueblo

  Una mujer con vellos en las piernas produce repugnancia. Pero para mi es abominable usar una navaja para retirarlos. Una vez intenté hacerlo y sangré durante todo el día. Por eso prefiero usar mis manos; mis dedos para ser más específica. Con mis uñas bien afiladas –porque siempre reparo en tenerlas cuidadas- retiro uno a uno los vellos de mis piernas. Puedo pasar el sábado entero sacándolos para compensar el vacío de no tener manos hermosas.

-¡Eres como traumada!

Ese día no cociné. Mi madre enfermó y pasó toda la mañana en la casa de la abuela. Mientras yo, en casa, casada de arrancarme los vellos de las piernas, opté por empezar por los del brazo hasta llegar a los de las manos.

Consejos útiles

Contra las quemaduras hágase una mezcla en partes iguales de aceite común y agua de cal, y aplíquese sobre la quemadura por medio de un pedazo de algodón en rama.

Mejores resultados da el agua de barita en vez de agua de cal, y si la quemadura es profunda, lo mejor es emplear el ácido pícrico cada hora: es un buen remedio.

Jueves 12 de Enero de 1911 - Guayaquil, Ecuador  - El Grito del Pueblo

 

-Yo creo que tú te has estado quemando las manos. Esto debe de ser obra de tu mamá. Uno no se debe castigar así, bueno, para purgar los pecados de otros como dicen. Debe de ser por tu padre.

-No doctor. No son quemaduras.

-Yo conozco bien a tu madre.

-Doctor, ella no tiene nada que ver en esto.

-Vamos a hablar con ella, para hacerla entender, para que tú entiendas.

-No hay nada que entender. Yo solo quiero tener mis manos bellas.

-Pues…eso no va a ser posible, no hay señal de regeneración en tu piel.

-¿Qué está diciendo, doctor? ¿No hay remedio?

-Ya han pasado casi cuatro meses…

-¿Y?

-Tenemos que hablar con tu madre.

-Doctor, ¡no! ¡Yo ni siquiera creo en Dios…! Pero sabe qué, sí he pecado. Yo creo que es mejor que las corte, doctor. Ya no soporto más, es como si no fueran mías.

 

 

 

 

7 February

Disolución de la construcción

 

Este lunes ha sido un diacrítico para mí. La ciudad se quedó sintaxis; había mucho transitivo en la interjección de hipérbaton y patronímico.  No llegaste a la hora prefija y la demora me contó sobre tus intenciones copulativas con terceros. Bien sabes que yo de texto eso. No es que sea posesivo pero singular a dudas, el no volver a verte, me ha sustantivo. El adverbio lado mi confianza te va a costar caro.

Y es que soy un sujeto resignado a verbolar las ilusiones después de ser predicado de alguna fortuna irregular. Lo cierto es que conjugar conmigo no ganas nada. Y siendo tú la primera persona de mi lista de interrogaciones, no vale la pena que intentes ser compleja.

Bien sabes que participio en obras de teatro tragicómicas a las cinco y siete menos cuarto. Y te invité. Fue hace meses, cuando, por primera vez te pedí que fueras tan gentilicia de asistir a verme. Sin embargo tú, no conforme con el desplate de esta mañana, me encaraste tomada la mano del objeto circunstancial de tu traición. Y me mandaste al triptongo por pensar que soy el sufijo de alguna palabra escrita con mayúsculas. Lo más grave es que tus actitudes pasivas hacen todo más complicado.

Gran incógnita. Necesito un modificador directo para orientarme. Quizás te tilde de adversativa; solo espero que lo que decidas no sea infinitivo.

Tengo que aclararte algunos puntos importantes: haces que me sienta como sinónimo de una hache erguida en medio del alcohol. El doctor me dice que no debo beber entre comillas, sino que debo de comer a deshoras. Mi boca se llena de interjecciones adiposas mientras tú me brindas un bocado más de esa sonrisa socarrona. Por cierto, aquí quiero hacer un paréntesis pero mejor pongo punto y coma hasta encontrar un complemento alimenticio. Sigo engordando (y bebiendo).

Te ofrezco mi simpatía sílabas a aceptar y tengo unas proposiciones que hacerte pero hay que poner los puntos sobre las íes. Vamos por partes, el dictado empieza con tu mirada sobre mi vicio de construcción.

Quisiera que me diéresis la renuncia a esta formación bimembre a la que habíamos llegado. Lamento que la subordinación se haya resquebrajado; mi admiración por ti ha perdido la entonación.

De cualquier manera, estoy yuxtapuesto a este sentimiento. El futuro es un pretérito imperfecto pero sigo escribiendo, porque tú lo quieres. Porque no es necesario ponerle a esta construcción un punto final.

 

Gracias a T.C.

                                  

 

15 December

pasos uno y dos

Yo solía dormir en una cama que daba al cielo, hasta que una noche en que llegué a casa una sombra cruzó frente a la luz encendida y tuve que aprender a cerrar los ojos. Recibí una llamada a las dos de la mañana en que me decían que todo había sido una mentira, pero ¿quién se preocupa de hacer caso a ese tipo de llamadas? De cualquier manera algo se había terminado y a esa hora era imposible conseguir cigarrillos. Era necesario satisfacer el deseo, calmar la adicción.

Vivía en un departamento de dos habitaciones. El color de la alfombra diferenciaba los ambientes y el baño no tenía más que azulejos. Sobre la mesa de centro había un par de revistas viejas, de esas que se leen de atrás para adelante en el baño, con un tabaco en la mano para tratar de encontrarle algún sentido. Me paseé desnudo por la habitación con la sábana como toga y le bailé break on through a la de turno mientras desnudaba hábilmente, con el pulgar de mi pie derecho, su cuerpo que temblaba sorprendido de mis habilidades. Ella desapareció en medio de la cuarta línea del texto de la llamada. No hay cigarrillos. Me enfrenté por primera vez a los yoes que me aquejaban, venían de visita, que destrozaban y me desbaraté heróico escabulléndome en medio de la batalla de la arena entre trago barato y drogas caras para la zona. Ella dormía junto a la escalera y yo no dormí esa noche mirando una estampida de nubes blancas que huían en el vacío del cielo negro de Montaña. Salí a fumar con la cajetilla en la cintura dentro de la toga y pude escuchar cómo se quemaba cada rabito del tabaco. Hay veces en que me duele la piel, en que quiero salir, en que deseo estar en otra parte, pero no lo hago por temor a la adicción. Esta noche será la última, me dije mientras me deslizaba hacia su cuerpo y me metía por los ojos para regresar montado en el ella y hacerme el amor. Esta vez será la última de la noche, dije casi al amanecer, exhausto en el cuerpo de ella y sin cigarillos.

 

Desayuné con mi pareja y me desentendí del olor obvio a mí que tenía la mujer del fondo de la mesa que apenas podía mantenerse en pie bebiendo café sucio. Me desnudé y fui al mar a beber agua salada. Al regreso sentí que todos sabían qué estaba pasando. Una vez más jugué de tonto y me acosté a dormir como si nada hubiese pasado. Esa noche me dolió de nuevo la piel y se repitió el rito. Al amanecer del domingo estabamos todos consumidos.

 

Hay un tipo frente a mí que me intriga, lo veo tan cercano a mí, tan familiar que siento un suave confort ¿Será tan obvio que lo miro tanto? Puedo jugar a la difícil, hacerme la desinteresada, la ausente y seguramente estará detrás mío. Aunque debería lanzar primero el anzuelo, una mirada, una insinuación… pero no sé, ya siento que está pasando algo, hoy, mientras bajaba a la playa, antes del desayuno, me miró y tuve que evadirlo, aunque he sentido sus ojos dentro de mí, hay algo cercano, hay algo adictivo en él. Anoche, cuando salí del cuarto a fumar me sentí observada, excitada, tuve que caminar cautelosa, tuve que deslizarme, hay algo, yo sé que hay algo, pero no se todavía si sea tiempo de lanzarme, no; de lanzarle el anzuelo.

 

El camino de regreso se ve eterno y el jeep revuelve mis vísceras y me convulsiona, me obliga a cambiar al asiento de atrás, al cuerpo de atrás. El deseo atraviesa los carros y toca al último de la fila donde me espera cansada, adormecida con sus profundos ojos grises cubiertos por párpados desdoblados que garantizan la seguridad de mi no entrada. Su cuerpo baila al compás de los baches de la carretera y me recuerdan las convulsiones al hacer el amor, de su cuello delgado serpenteante, casi sin columna, con vida propia. Nos detenemos en una vieja gasolinera y ella despierta y me abre la puerta, entro y la adicción nos lleva a buscar un lugar donde quemarnos por un momento, donde salir del fondo y tomar un respiro. El naranja muta a morado y las luces danzan erráticas al compás de la carretera lunar y muestran ojos animaloides de canicas entre el follaje negro a esta hora, mientras la luna bucea en un mar lejano que llega a los oídos con segundos de retraso.

 

Mi adicción ha llegado a un punto de malestar con su ausencia, lo busco ansiosa entre las sombras, en las miradas de otros hombres, preguntándome sin cesar en qué estación se quedó, en qué cabina no se subió de nuevo a la caravana. Y lanzo las cartas y me enfrento a lo que me espera y siento que sé que va a pasar, que pronto lo veré, que una vez más va a tenerme, a llenarme de todo lo que es él. Ebullición. Ella está muerta desde que se despidió de la playa. Son las 2 de la mañana y tengo que hacer una llamada telefónica.  La sangre como alarma lo llama asustado, temiendo dejar de ser, y veo pasar a muchos y no lo veo pasar, y lo veo irse, y lo siento abandonarme y quiero más y no lo disfruté lo suficiente. Voy a morir. Hoy me voy a morir.

 

Miguel
10 November

Roberto Marilyn

Un par de zapatillas rotas sobre la alfombra y el lápiz labial entre los dedos. Roberto se disponía a mirar al espejo pero los ojos se le empañaron con lágrimas negras; el delineador se corría. Y es que la barbilla se topaba contra el borde del lavabo, al empinarse, apenas alcanzaba a ver unos cuantos rizos dorados acomodados sobre su frente.

Arrastró cuidadosamente un banco de la habitación y escaló hasta captar una mejor imagen de su figura. El vestido blanco sobre las piernas cortas, escondía el glamour de sus zapatillas doradas. Su pupila empezaba a dilatarse y los recuerdos se colaban por el escote del pecho.

Flotó bajo el efecto del alcohol y las ganas nocturnas de sentirse bella lejos del miedo y el orgullo de saberse enano. Recordó:

                                                ***

-Roberto Marilyn, ¿eres tú? –la voz de una anciana mujer pronunciando su nombre completo, le erizó los pelos de la espalda

 

-Disculpa, ese ya no es… -Respondió

 

-Hijo, soy Rosalba, la amiga de tu madre ¿No me recuerdas? –interrumpió.

 

Por un instante él se detuvo a meditar y a su mente acudieron visiones de una infancia enferma, de piernas y brazos recortados, de cortas estaturas, rostros frustrados y abandono de su único padre.

 

-¿No te acuerdas de mí? –la insistencia de Rosalba lo devolvió a la realidad pero Roberto negó con la cabeza.

 

-Roberto Marilyn, el pequeñito –sonrió entusiasmada la mujer de cabellos largos color ceniza y figura escuálida, mientras le acariciaba el pelo al chico.

 

Él elevó la mirada para poder devolver la sonrisa.

 

-Roberto Marilyn… -Suspiró Rosalba. –Tu madre… ella. Sabes con qué ilusión te miró en el bautizo… tu nombre… Roberto… Marilyn.

Mientras ella se enredaba en el discurso, él recorría su pasado con su angustia visceral y relamía el desprecio del tamaño de su cuerpo.

Entonces el recuerdo cesó. Volvió al espejo, a la altura de sus zapatillas con tacones. Roberto Marilyn, el pequeñísimo que sueña con ser modelo, que jugaba a ser Marilyn.

La voz de Rosalba retumbó nuevamente:

 

-Marilyn Monroe

 

Y es que el sexto dedo del pie no había aparecido en vano. Era su parecido con Marilyn. Dentro de su zapatilla dorada estaba, dentro de su esencia. Roberto Marilyn. Marilyn. La ídola de la madre, la aspiración del hijo. Un genio incomprendido de sonrisa traslúcida, tartamudeo decodificado e identidad oculta. Es que la Monroe dejó de ser Norma Jean Baker para ser Marilyn y Roberto Marilyn se hizo Roberto a secas para comprar el orgullo.

 

De Nuevo el espejo le mostraba una sonrisa mojada por llanto pero el modelo se iba formando. La modelo. El carmín del labial destelló en silencio junto con el rubor de las mejillas, el bronceado de la piel, el rubio de los rizos. –Roberto Marilyn –dijo mientras sorbía el último trago de aguardiente.

 

-o mejor sólo Marilyn

 

M3

 

Saltitos sobre la brea

-No es una casa –decía yo cuando la Azu me paseaba por los pasillos del nuevo departamento. Nos mudamos al Fortín en el ochenta y cuatro, cuando yo tenía cinco años y mi hermana Melita acaba de nacer. El edificio recién inaugurado estaba ocupado, en su mayoría, por parejas jóvenes y ancianos retirados. Mi padre compró el quinto piso, y mis abuelos el primero.

-Pero no es una casa y sólo hay un piso. ¿Ahora dónde va a jugar Candy?- repetía yo inconforme y sin hallar consuelo. Echaba de menos el huerto de mi antigua casa: la de la ciudadela los Almendros, manzana J, Calle Sexta y Gaviota. Me hacía falta el cementerio de conejos y gallinas y la piscina verdosa que mi madre siempre olvidaba limpiar.

La Azu era mi nana. Yo le decía Achunita, apodo que adoptó cuando yo, en mis primeros años, intentaba pronunciar el diminutivo que mi madre empleaba todos los días a la hora del  almuerzo: Azucenita.

En esa época, al igual que mi madre, ella bordeaba los cuarenta. Habían nacido en el mismo mes y en el mismo año. Mi madre en Guayaquil y ella en San Pablo, un pequeño pueblo costero a casi dos horas de la ciudad.

Achunita era mi nana, mi preferida. Cuando nos cambiamos al Fortín me sacaba a pasear por el Malecón. Pero únicamente por la mañana.

-En las noches es peligroso, niña –solía responder ante mis insistentes peticiones. Salíamos muy temprano, antes de ir a la escuela. Yo nunca había tomado un bus, pero ella siempre me acompañaba. Insistía en que no hacía falta levantar a mi madre tan temprano. Me aseguraba que el transporte público era de lo más eficiente, y yo le creía. Yo confiaba en ella porque había llegado a quererla tanto o más que a mi propia madre. Porque ella me preparaba los batidos de guineo para beber después de la siesta y me peinaba igual que a mi muñeca de porcelana. La Achu me tomaba de la mano al cruzar la calle y me ayudaba a educar a mi perrita Candy.

Candy era un pequeña runa y sus pelos eran de un color negro abismal que hacía juego con las profundidades de sus ojos. Mi hermano la compró en la calle Domingo Comín tomándola por French Poodle. Pero con el paso de los años descubrimos que había resultado ser un pésimo matiz entre French Poodle y Cocker. Y yo la quería. Yo quería a Candy porque la Azu la quería.

Los domingos después de volver de misa con mi familia, la Azu y yo sacábamos a pasear a mi mascota hasta el Hemiciclo de la Rotonda. Caminábamos de la mano jugando a no pisar las uniones de brea que había en la acera. El malecón de mi barrio era un espacio sombrío y grisáceo, lleno de parqueaderos y algarrobos llorones. Mi nana y yo solíamos comentar entre carcajadas que los algarrobos lloraban porque siempre había parejas a su alrededor besándose pero nunca había quién los bese a ellos. Entonces siempre que pasábamos por ahí cada una de nosotras le regalaba un beso. Menos Candy, claro, porque después de mudarnos la pobre se empezó a poner vieja y enferma.

Al llegar a la Rotonda, nos parábamos una en cada extremo para pronunciar alguna frase ininteligible mientras la otra intentaba descifrarla. No tenía muchas amigas, pero tenía a la Achunita.

En cierta ocasión, la madre de una amiga acusó a mi nana de robarle unos aretes a su hija y en defensa salí yo, personalmente, a pegarle una patada por blasfema. Hasta el día de hoy el recuerdo del evento me enternece. Humillada por los insultos de la mujer, la Azu había salido a comprar un par de aretes en reemplazo los perdidos. A cambió no recibió más que un portazo en la frente en rechazo de aquel gesto de grandeza:

-Mi hija no se pone bambalina –había exclamado la señora, o por lo menos así lo contó la Azu entre lágrimas.

Subyugada ante la constancia de la rutina, logré acostumbrarme a vivir en el quinto piso del Fortín, en lo alto del Malecón. La nana y yo nos convertimos en observadoras nocturnas. Veíamos a las parejas que se besaban y si ocurría algún atraco o crimen la Azu me cubría los ojos o fingía haber recordado algún cuento para así obligarme a volver a la cama.

Una mañana desperté y encontré a la Azu que lloraba sobre la cuna de Candy. Las tres compartíamos la misma habitación. No era por falta de espacio, sino por la irremediable necesidad de estar tan cerca como nos fuera posible la mayor cantidad de tiempo. Candy no estaba en su cuna y la nana seguí llorando sin caer en cuenta de que yo había despertado.

-¿Qué paso, Achunita? –pregunté, ella se sobresaltó y se secó el rostro con la palma de su mano áspera, -¿y la Candy?

No respondió. Se puso de pie, sonrió detrás de su máscara de lágrimas y salió de la habitación. Ante lo sucedido no pude hacer más que echarme a llorar sin pedir explicaciones. A la hora del desayuno, mi madre me tomó entre sus brazos y me susurró al oído:

-Esta mañana Candy se ha portado mal. Ha ensuciado toda la alfombra del estudio de tu papá y él ha decidido regalarla.

Miré a mi madre a los ojos y le propiné un puntapié en la rodilla.

-Es culpa tuya por dejar que nos mudáramos a este cuarto sin patio. Ya no te quiero.

Por muchos años viví pensando que Candy se había mudado a la casa de algún otro niño o niña. No fue sino hasta el día de hoy que descubría la verdad. Y es que como dije antes, Candy estaba enferma. Sufría de un severo cáncer a la mama, condición que la Azu supo mantener asiduamente en secreto. En su papel de mujer solidaria, mi madre se había inclinado por la mejor opción: una discreta sobredosis de anestesia.

Después de aquel incidente, la Azu pasaba los días con los ojos deformados por el llanto. Nunca discutimos sobre la muerte de Candy ya que muy pronto mi padre la reemplazó por una nueva cachorrita y esta vez, de pedigrí. Se trataba de Lola, una Jack Rusell Terrier de ascendencia inglesa, con aires de majestad y tan independiente como un felino.

Luego de lo sucedido solo íbamos las dos a la Rotonda, sin Lola, y ya no reíamos. Caminábamos por inercia y ella me compraba algún helado de las carretillas de Pingüino para que hablara menos durante el camino. Con el tiempo las caminatas se fueron reduciendo a efímeros momentos donde la Azu lloraba sin pedir permiso y yo no preguntaba el porqué. Y si por algún motivo le apretaba la mano demandando una respuesta, ella suspiraba acongojada diciendo:

-Me duela la cabeza, niña, no pasa nada.

Sólo durante las noches, oculta tras las cobijas de mi cama y protegida por el silencio clerical de la oscuridad lograba descubrir las intimidades de mi nana. Ella, sumida por el cansancio que le producían los sollozos, susurraba entre los sueños:

-Ay, ay. Me duele, me duele. Ay, virgencita. No, no. Mejore me quedo quedito. No vaya a ser que me inyecten como a la Candy.

Yo no entendía. ¿Qué inyección? Solo pude preguntarle a mi madre, a lo que ella respondió ruborizada:

-¿La inyección de la Candy?- vacilaba –ah, sí, ¿no te acuerdas que le poníamos una inyección de vitaminas?

Pero, no, yo no lo recordaba. Y así pasaron los días, cargando a un cadáver por nana. Se levantaba de madrugada y se echaba a llorar mientras lavaba la ropa. Lo supe porque me escondía detrás de la lavadora. Y viéndola en su estado de desconsuelo, yo lloraba también.

Entonces llegó el día en que me atreví a encarar muy de frente su tristeza. Me puse de pie en medio de la madrugada, bañada por el sudor del miedo. Le quité las sabanas que la cubrían a ella y a su cama plegable, sacudí sus brazos y le musité al oído:

-Achunita, Achunita, ¿que te duele, quién te inyecta?

Ella solo supo responderme con el silencio y al intercambiar miradas no pudimos hacer más que echarnos a llorar al unísono.

A la mañana siguiente, salí a misa con mi familia. Por un instante logré guardar en el armario de mi mente los recuerdos del sufrimiento de la nana. No volvimos a la casa en todo el día: visitamos a la abuela, paseamos a Lola por el parque de la Iguanas, compramos canguil y vimos una película en el cine Inca. Cuando volvimos a casa, el conserje detuvo a mi madre por el brazo y le susurró alguna cosa con cara de espanto. Mi madre se llevó las manos a la boca y abrazó a mi padre con su llanto. ¿Acaso se había convertido en epidemia, ese llanto desenfrenado?

Subimos hasta el quinto piso y la Azu no estaba. Mi madre me tomó de la mano y me condujó hasta mi habitación donde Lola merodeaba sin encontrar juguete que le llamara la atención.

-Mi vida, la Azu se tuvo que ir por una emergencia familiar. Necesito que te quedes aquí en casa con tu hermano. Tu padre y yo tenemos que salir, pero prometo que no tardaremos. ¿Está bien?

Levanté los hombros en señal de aprobación y dejé pasar sin mayor altercación la ausencia de mi nana. Dieron las ocho, las once y las doce y sin embargo ni mis padres ni mi nana llegaban. Mi hermano jugaba en su computadora y a mi hermanita la habían dejado donde la abuela. Me tiré sobre la cama al quedar rendida por la impaciencia que me produjo la espera.

Nunca supe más de mi Achunita. Supuse que finalmente la habían inyectado así que no pregunté más por ella. Largos fueron los meses donde yo imitaba esa manera desvergonzada de derramar lágrimas en cada momento del día. Asumí que, al igual que Candy, estaría en otra casa con algún otro niño o niña, pero inyectada. Y como buena hija con el pasar del tiempo terminé por conformarme con la esperanza pueril de que algún día ambas regresarían.

Como tantas otras cosas, no fue sino hasta el día de hoy que descubrí la verdad. Y es que a la Azu se le adelantó la aguja. Ya decía yo que había ocurrido algún crimen aquella noche. Si, lo recuerdo bien. Cuando llegamos de paseo ese domingo, algunos carros de policía se habían juntado frente a nuestro sector del Malecón. Pero esa noche no estaba la Azu para cubrirme los ojos. Sin embargo, hice como a ella le hubiese gustado que hiciera: me cubrí los ojos y acosté en la cama pensando en algún cuento. Esa noche.

La aguja de la inyección se le adelantó a la Azu. O mejor dicho, ella se le adelanto. Es imposible descifrar como sucedió, por eso prefiero imaginármela: caminando por las calles del Malecón jugando a no pisar la brea, ella sola, en silencio, paseando la mañana del domingo. Besando al algarrobo entristecido y diciendo alguna cosa rara en el Hemiciclo, una cosa rara como lo de la agujas. Y después, regresa a nuestro malecón despintado y criminalizado, vestido de negro, de ladrones y prostitutas. Todavía es de día pero ella sigue caminando. Y la ve a Candy en el río, quiere tocarla pero no la alcanza. Casi llega. Pero de un momento a otro, la imagen de mi nana se desvanece ante la historia inventada. Se desvanece porque ha caído, y las aguas del río se ríen con ella porque la aguja no la alcanza. La mañana vitorea y canta, porque la Achunita se le adelantó a la aguja.

Papel Reciclado

No hagas trampa- exclamó él sin voltear la mirada. Me adelanté a espiar a través del pañuelo de seda negra que colocó sobre mis ojos. Era mi profesor con una rosa blanca en la mano. Anoche pasamos horas charlando, sin maquillaje. Festejábamos Halloween, noche de brujas, el día del escudo nacional, el final del caso. Francamente nunca necesitamos un motivo, solo celebramos.

Cristina consiguió un par de botellas de champán barato y nos juntamos a vaciar esas copas de plástico verde que nos acompañan para dispersarnos cada vez que llueve.
-¿Y qué pasa si no saliste bien en el caso? No es nada, fracasado es el que asimila la derrota como una experiencia negativa, cuando en realidad es todo lo contrario- replicó mientras me desataba el pañuelo.

Hablaba la voz de la experiencia.

-Amiga, no te dejes vencer - vencer, ganar, triunfar, imponerse, dominar. Hoy, todas esas palabras se resumen en una sola cifra: 10. El diez puede ser una beca universitaria, una sonrisa, un premio, un pasaje a Buenos Aires, un plagio, un motivo de halago, envidia o incluso de protesta.

-¿Querían hacer una marcha en su contra?- preguntó el profe mientras los ojitos verdes se le cerraban detrás de la danza árabe del humo de un cigarrillo.

-Sí- chilló Cristina -La gente se dedica a mirar el ojo ajeno. ¿Cómo es ese dicho? ¿Qué no te das cuenta de la viga de tu propio ojo? Algo así.

-No, cuéntame bien- insistió. Para entonces nos habían dejado solos; al profe y a mí. Cristina, el chico de la gorra negra, la rubia  y mi otra amiga, encallaron boca arriba para llenarse el ombligo con gotas de lluvia.

-Nuestros compañeros nos declararon la guerra, a mi grupo de trabajo, por no obedecer las indicaciones del brief. Ya sabes, el brief creativo del caso. Este semestre debíamos inventar un hotel y nosotros sobrepasamos el presupuesto, todo estaba bien argumentado. No veo el porqué de sus quejas, el decano nos puso diez y como toda autoridad, hay que respetarla. Pero ya ves, algunos inconformes hasta arman revueltas exigiendo reformas. Eso fue todo. La protesta nunca se dio- respondí a la incesante elocuencia de una mirada que no toleraba el lenguaje del silencio.

No, la revuelta nunca sucedió porque los bulliciosos se resignaron ante un cariño que aparentemente nos convierte en las predilectas de la autoridad, las niñas mimadas, así dicen.
-No es nada grave- sonrió, -son cosas que suceden para convertirse en anécdotas. Piensa que te dan importancia, tanto así que mereces una huelga en tu honor. Es un halago. Ahora nada más dime, ¿qué tiene eso que ver con el caso de hoy?

Nos alejamos de la lluvia, ocultos tras los maceteros que adornaban la terraza. Mis amigos, con sus ombligos a medio llenar, discutían sobre lo fáciles que somos las mujeres conservadoras.
-Tiene mucho que ver. Yo siempre permito que los asuntos académicos me afecten, y tú, eres uno de ellos. Tú y el caso práctico sobre la aerolínea, ya son dos casos. Recuerdas cuando me dijiste, “algún día mis palabras lograran tocarte”. ¿Lo recuerdas? Pues bien, creo que hoy es el día.

Sacó un trozo de papel arrugado del bolsillo y lo pegó sobre el piso de azulejo mojado.
-¿Ves como se pega el papel al piso?- Asentí con la cabeza mientras él continuaba con la clase. -Yo soy el piso, tú eres el papel. Tus estudios, tus novios pasados, tus fracasos y logros son el piso, tú eres el papel. Y así con todas las cosas de tu vida, siempre el papel. Pero, ¿qué pasa si lo despegas una vez que esté seco?

-No se- contesté, -a lo mejor se despedaza, ¿no? Está claro que nunca puedes desarraigarte de lo que has elegido como tuyo, pero yo nunca te elegí.
Levantó un ceja y me quitó la mirada de encima suspirando.

-Eso es lo que tú crees. Cuando trabajas en el caso, construyes un plan de acción. Para desarrollarlo necesitas tomar una serie de decisiones. El tiempo pasa tan rápido, la lluvia cae con tal velocidad que en ocasiones no encuentras el momento para meditar sobre las decisiones que has tomado. Muchas de ellas pasan inadvertidas, como tantas otras tormentas de la vida. Y ojo que una tormenta no es siempre algo demoledor. Yo puedo ser una tormenta, benévola, pero veo que me percibes como veneno mortífero- concluyó el profe  levantándose del piso con el hilván del pantalón ensopado.

En clases prefiero alimentarme del silencio. Observo y casi nunca reparo en comentarios que puedan aludirme. No se si sea miedo a la equivocación, cobardía o falta de personalidad. De cualquier manera, busco el diez, pasando por tímida, idiota, inocente o perdida. Siempre llega.

Con mi rosa blanca en la mano me permití mirarlo mientras se alejaba oficializando el término de la sesión.

-¿Vas a convertir a la virgen en escritora?- Pregunté mientras alguien soltaba un latigazo sobre mi conciencia  por detenerme desnuda frente a él. Una rosa blanca. Se que mi imagen se pinta inmaculada cada vez que piensa en ella y desde el día en que me vio, me quiso conocer. Solo amistad.

-Interesante- respondió, -hacer de la virgen una escritora, es probablemente una de las frases más bellas que he escuchado. Si lo logramos, seré yo quien saque diez.
Se acostó junto a la rubia, incorporándose al ritual de los ombligos mojados, lejos de mi lengua evasiva y de mi mirada locuaz. A pesar de ser profesor, se que me teme. Punto débil, punto final.

7 November

Asunción de ti / Benedetti

Mario Benedetti

Asunción de tí


1

Quién hubiera creído que se hallaba
sola en el aire, oculta,
tu mirada.
Quién hubiera creído esa terrible
ocasión de nacer puesta al alcance
de mi suerte y mis ojos,
y que tú y yo iríamos, despojados
de todo bien, de todo mal, de todo,
a aherrojarnos en el mismo silencio,
a inclinarnos sobre la misma fuente
para vernos y vernos
mutuamente espiados en el fondo,
temblando desde el agua,
descubriendo, pretendiendo alcanzar
quién eras tú detrás de esa cortina,
quién era yo detrás de mí.
Y todavía no hemos visto nada.
Espero que alguien venga, inexorable,
siempre temo y espero,
y acabe por nombrarnos en un signo,
por situarnos en alguna estación
por dejarnos allí, como dos gritos
de asombro.
Pero nunca será. Tú no eres ésa,
yo no soy ése, ésos, los que fuimos
antes de ser nosotros.
Eras sí pero ahora
suenas un poco a mí.
Era sí pero ahora
vengo un poco a ti.
No demasiado, solamente un toque,
acaso un leve rasgo familiar,
pero que fuerce a todos a abarcarnos
a ti y a mí cuando nos piensen solos.

2

Hemos llegado al crepúsculo neutro
donde el día y la noche se funden y se igualan.
Nadie podrá olvidar este descanso.
Pasa sobre mis párpados el cielo fácil
a dejarme los ojos vacíos de ciudad.
No pienses ahora en el tiempo de agujas,
en el tiempo de pobres desesperaciones.
Ahora sólo existe el anhelo desnudo,
el sol que se desprende de sus nubes de llanto,
tu rostro que se interna noche adentro
hasta sólo ser voz y rumor de sonrisa.

3

Puedes querer el alba
cuando ames.
Puedes
venir a reclamarte como eras.
He conservado intacto tu paisaje.
Lo dejaré en tus manos
cuando éstas lleguen, como siempre,
anunciándote.
Puedes
venir a reclamarte como eras.
Aunque ya no seas tú.
Aunque mi voz te espere
sola en su azar
quemando
y tu dueño sea eso y mucho más.
Puedes amar el alba
cuando quieras.
Mi soledad ha aprendido a ostentarte.
Esta noche, otra noche
tú estarás
y volverá a gemir el tiempo giratorio
y los labios dirán
esta paz ahora esta paz ahora.
Ahora puedes venir a reclamarte,
penetrar en tus sábanas de alegre angustia,
reconocer tu tibio corazón sin excusas,
los cuadros persuadidos,
saberte aquí.
Habrá para vivir cualquier huida
y el momento de la espuma y el sol
que aquí permanecieron.
Habrá para aprender otra piedad
y el momento del sueño y el amor
que aquí permanecieron.
Esta noche, otra noche
tú estarás,
tibia estarás al alcance de mis ojos,
lejos ya de la ausencia que no nos pertenece.
He conservado intacto tu paisaje
pero no sé hasta dónde está intacto sin ti,
sin que tú le prometas horizontes de niebla,
sin que tú le reclames su ventana de arena.
Puedes querer el alba cuando ames.
Debes venir a reclamarte como eras.
Aunque ya no seas tú,
aunque contigo traigas
dolor y otros milagros.
Aunque seas otro rostro
de tu cielo hacia mí.


 

 

 

 
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